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- ¿Cómo es el Hogar
Pimpinela para la Niñez?
- Es una casa que tenemos en Villa Martelli donde viven 25 chicos. En el
hogar hay 15 profesionales que se ocupan de todas las necesidades de los
chicos. Desgraciadamente desde que cambiaron las autoridades en la
Provincia de Buenos Aires, sin ningún tipo de explicación, se nos retiró
una ayuda que teníamos del Banco Provincia. Sin los subsidios tuvimos que
asumir nosotros el total sostenimiento del lugar, sin poder crecer como
teníamos previsto. La psicóloga o la psicopedagoga no son voluntarias,
viven de su profesión y hay que solventar esos costos.
Tenemos también un proyecto para más adelante. Queremos hacer un centro de
día para estimulación temprana y trabajo con chicos down, desde bebés.
Sería gratuito y asumiría una tarea de apoyo a las familias. Yo estudié
mucho el tema, leyendo y contactándome con profesionales que trabajan en
ello. Queremos que sea un instituto muy moderno y muy avanzado.
- ¿Quiénes son los responsables de la situación de marginación que
viven los niños en nuestro país?
- Los responsables de lo que está pasando son los que están en el
gobierno, pero no los que están ahora, sino los que han estado siempre en
el gobierno. Son ellos los únicos que tienen la posibilidad de revertir el
tema. El tema del menor no les interesa demasiado porque no es número de
voto. Si los chicos empezaran a votar todo cambiaría en forma milagrosa.
Cuando hace unos años visitábamos otros países de América Latina nos
alejábamos un poco del centro de algunas ciudades y las condiciones de
marginación nos atemorizaban. Hoy vemos estas condiciones de pobreza en
nuestro propio país: donde la clase media está desapareciendo en forma
vertiginosa, donde cada vez hay más mujeres con bebés pidiendo limosna y
donde la gente no se da cuenta que esos chicos que hoy piden pueden ser
unos futuros padres de familia maravillosos o unos resentidos
delincuentes. El gobierno debería darse cuenta de que apoyando a las
Organizaciones No Gubernamentales (ONGs) que están en el tema todo sería
mucho más económico. El gobierno invierte por cada chico que está en un
instituto entre 2.000 y 3.000 pesos por mes y la beca que le da a una ONG
son 270 pesos por chico por mes y con eso se hacen milagros. Habría que
apoyar a las ONGs y no castigarlas, sacándoles las ayudas. El gobierno
debería darse cuenta que es más beneficioso controlar a las organizaciones
que se le dan subsidios en vez de hacer emprendimientos propios, que le
resultan más costosos.
- Todo este camino que has venido haciendo, ¿cambió tu mirada de Dios?
- No, eso no se modificó. Siempre Dios da propuestas y el hombre sea cura,
panadero o político las canaliza como le conviene, para bien o para mal.
Siempre estuve muy cerca de Dios. No tanto para pedir, como para
agradecer. Soy muy devota de la Virgen María. Voy todos los años a San
Nicolás. Cuando voy a México, visito a Ntra. Sra. de Guadalupe. Mi hija se
llama Rocío y la bautizamos en la Ermita del Rocío en Sevilla, España. Me
siento muy cerca de ella, tal vez porque siempre está cuando tiene que
estar. Siempre me he sentido muy amparada y cuidada por ella.
- A parte de la voz, ¿qué otros regalos sentís que Dios te dió?
- Cuando comenzás a relacionarte con chicos abandonados, empezás a
agradecer y valorar los padres que te tocaron y en la forma que te
educaron. Y creo que hay que agradecerse a uno mismo el haber sido buena
hija, buena hermana, buena novia, buena amiga, al menos haber tratado
serlo, con todas las equivocaciones que aparece en la convivencia. Dios me
dio un montón de posibilidades, las supe ver y las supe aprovechar bien.
- ¿Cómo nace la inquietud de acercarte a
la obra de Don Orione?
- Lo que siempre admiré de alguien es su solidaridad con los demás. Este
es un tema central en el que quiero educar a mi hija. El poder mirar
afuera de nosotros nos da la total dimensión de lo que somos y de dónde
estamos parados. A lo largo de nuestros años de carrera, mi hermano y yo
hemos visitado en el exterior orfanatos y hospitales, llevando donaciones
o yendo a cantar o de visita (ver recuadro). Hace cuatro años formamos
nuestro propio hogar, el Hogar Pimpinela para la Niñez en Villa Martelli.
Siempre nos interesaron este tipo de cosas. A través de una amiga nuestra,
Marta Pascual, que trabajó en el Consejo Provincial del Menor hace algunos
años, conocí más de cerca la Obra de la Divina Providencia. Si bien antes
sabía de la obra de Don Orione, de lo que él había hecho, de cómo
trabajaban los sacerdotes que estaban en esa comunidad nunca había ido a
visitar un cottolengo. Hace dos años fuí al Cottolengo de Claypole, conocí
a algunos religiosos que estaban ahí y nos hicimos muy amigos entre todos,
especialmente con el padre Coqui. Yo fuí sola en esa primera visita,
inmediatamente se organizó otra para ir a cantar. En esa oportunidad fuí
con Joaquín, mi hermano. Y cada vez que vamos es una fiesta para nosotros.
Uno se siente muy querido por los sacerdotes y los chicos que allí viven.
En Claypole hay un chico down que es como mi secretario privado, Walter.
Cada vez que voy está al lado mío y, él y Romina me organizan toda la
visita. Con ellos tenemos nuestros propios códigos con los que nos
entendemos a la perfección. A partir de ir a ese cottolengo comencé a
visitar todos los demás: Tucumán, Córdoba, Victoria y México.
- ¿Qué sentís cuando cantás en los cottolengos?
- Cuando canto adelante de los chicos soy plenamente consciente de los
dones que me dió Dios. Cuando actúo frente a un público que ha pagado la
entrada, es mi trabajo, cobro para eso. Puede ser que algún show me salga
mejor que otro, de todas formas uno es un profesional. Pero los chicos del
cottolengo tienen una transparencia, una inocencia y una lucidez que va
más allá de todo. Entonces la cosa cambia, porque quieren todo de vos, y
vos les entregás todo, sin guardarte nada. En esos momentos siento una
profunda emoción y un terrible agradecimiento de poder cantar. Ellos no
reconocen determinadas cosas pero sí te conocen, conocen tu música, cantan
tus canciones, eso es muy impactante. Tengo un gran agradecimiento cada
vez que puedo ir a compartir con ellos esa experiencia.
- ¿Cómo es el acercamiento que tenés con los chicos?
- Comparto con ellos todo el tiempo. Camino por todos lados. Me llevan a
los lugares donde viven. Se cuelgan como veinte de cada brazo. Me agarran
del pelo porque les causa mucha impresión el color rojo. Me hacen
reportajes y nos divertimos muchísimo. Es fantástico lo que ves en sus
ojos cuando te dicen, te quiero mucho. Porque de lo que uno más se nutre
es de ese contacto personal con ellos. Uno sale del cottolengo renovado.
Es verdad lo que decía Don Orione que cuando una comunidad de la Divina
Providencia se instala en un lugar no es la comunidad la que beneficia el
instituto, sino el instituto el que beneficia a los que están a su
alrededor.
- ¿Qué descubriste en las visitas?
- A pesar de haber ido siempre a colegios religiosos, el tema del
sacerdocio había sido siempre para mí un tema conflictivo. "Un cura da
misa, confiesa y ¿qué más hace?". Estas comunidades religiosas de los
cottolengos contestaron mi pregunta. Siempre entendí la vocación religiosa
como un servicio total. Y ver a tantos religiosos jóvenes (sacerdotes,
hermanas y hermanos), que están al servicio de toda esta gente me impactó
mucho. Me conmueve que alguien deje su vida cotidiana habitual para hacer
un servicio a Dios a través de todos estos chicos. Aprendí a admirarlos.
Porque evidentemente cómo relacionarse con los chicos ha sido una línea de
formación muy clara de Don Orione que la obra sigue con total coherencia.
Lo particular de todas las comunidades de Don Orione es la alegría con la
que se trabaja y se vive. No es la imagen del sacerdote distante y al que
por respeto nadie puede hablarle o tocarlo. Los chiquitos lo demuestran,
porque ellos no se acercan a cualquiera. Se nota cuando los abrazan,
cuando les hacen chistes.
- ¿Te interesa difundir por los medios estas visitas?
- No me parece bueno publicitar todo lo que uno hace en este terreno. Sólo
lo hacemos cuando vemos que puede serle útil al lugar donde vamos. Para
que de esa manera la gente lo conozca y colabore, sino no. Es algo que nos
nutre a nosotros por dentro, más que estar pendiente de la foto. Es más lo
que los chicos nos dan a nosotros, que lo que nosotros podemos darle a
ellos. Yo canto, pero yo nací cantando. No es para mí un gran mérito al
esfuerzo, simplemente me perfeccioné en mi profesión. Estudié y me
interesé por todo lo relacionado con el arte. Creo que es un intercambio
maravilloso de sensaciones donde ciertamente salimos ganando. |